Articulo de Florence Thomas, publicado en El Tiempo Colombia
Y si los hombres (y Hernán Darío Gómez) tuvieran manos solo para acariciar y
comprender la profundidad de nuestra piel, para buscar nuestras manos cuando
necesitamos tranquilizarnos o para hacernos un masaje en la espalada en los días
de cansancio. Y si los hombres pudieran aprender la humildad, la atenta escucha
de una voz femenina, el silencio, la certeza de que no pueden saber todo;
convencerse de que hay una mitad del cielo que no les pertenece, de que el
planeta y la tierra son femeninos y masculinos al mimo tiempo.
Y si los hombres, al resolver su amor obsesivo a
la madre, pudieran aprender de una vez por todas a ser adultos. Y si los hombres
lograran aprender a ser padres dejando un poco de ser hombres con H mayúscula y
confesar que están cansados de ser ese sujeto universal que carga el peso del
mundo entero sobre sus hombros. Y si los hombres pudieran ser solo compañeros y
amantes de las mujeres y compartir este mundo con ellas, tal vez entonces
entenderían lo que no logran comprender.
Y si pudieran aceptar que hay historias que nunca
vivirán, que hay misterios que nunca entenderán, que hay secretos que nunca
conocerán porque hay saberes que no les pertenecen. Y si los hombres (y Hernán
Darío Gómez) pudieran aprender a controlar la rabia que nace bajo los efectos
del alcohol que los vuelve idiotas cuando no violentos. Y si pudieran aprender a
amar menos el poder y más la vida; y si los hombres inteligentes pudieran
explicar a sus congéneres que lo que sus padres vivieron como ansiosa pérdida de
poder, ellos lo viven como ampliación de su humanidad.
Y si las mujeres tuviésemos valor para tomar la
palabra, para hablar, para denunciar y, excepcionalmente, para callar; y si las
mujeres pudiéramos aprender de ellos la solidaridad y la complicidad para romper
milenarios silencios ante lo inaceptable, lo insoportable ante el embate de unos
puños cerrados, ante el golpe que va directo al alma e invalida nuestro derecho
a una vida libre de violencias, de cualquier violencia, humillaciones y
prohibiciones. Y si las mujeres aprendiéramos a decir “no más” cada vez que nos
encontramos con la exclusión, con la discriminación, con la agresión, con el
irrespeto y con la violación de nuestros derechos, con el abuso y la apropiación
de nuestros cuerpos y de nuestras mentes. Y si las mujeres pudiéramos
convencernos de que no saber decir “no” en el momento preciso casi nos mata. Y
si las mujeres nos convenciéramos de que es posible construir otro mundo y
juntarnos todas para que nuestras palabras de mediación, nuestros afanes de
felicidad y nuestra sed de justicia no sigan como frágiles ecos que no logran
cambiar el curso de los acontecimientos. Y si las mujeres violentadas
aceptáramos que a veces es imperativo alejarse de un hombre para empezar a
existir, entonces tal vez ellos se preguntarían si vale la pena violentarnos y
golpearnos. Y si las mujeres pudiéramos comprender que si no se cuestiona la
insoportable hombría de los varones, está se llevará a toda la humanidad a la
tumba. Y si las mujeres lográramos encontrar en los hombres no solo inseguridad
y duelos, sino compañía y consuelo, entonces la vida tendría sentido.
Y si hombres y mujeres pudiéramos encontrarnos y
amarnos sin negarnos, sin trampas, sin juramentos de eternidad, sin reprimir
deseos, sin engaños mezquinos, sin celos enfermizos, sin tantos silencios,
amarguras, decepciones; si pudiéramos amarnos sin puños y sin palabras que
hieren y dejan profundas heridas, solo amarnos y saber decirnos adiós
serenamente, en el justo momento en que el amor se aleja, entonces los Bolillos
no existirían.
* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad