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A un beso de distancia

Usos y abusos del carrito


Original aqui Atraviesa el espejo

A lo largo de la historia, las familias de todo el mundo se las han ingeniado para portar a sus hijos consigo mientras éstos no pudieran caminar por sí mismos . Bandoleras, fulares, mei-tais y rebozos formaban parte del atrezo popular de multitud de pueblos.

A finales del siglo XIX, en Europa se puso de moda entre la alta burguesía un invento, la cuna con manillar y ruedas, que en cuestión de pocos años se popularizó entre el pueblo llano y a mediados del siglo XX se había convertido en un “must” para toda familia que se preciase de serlo. Durante el siglo XX el invento se fué perfeccionando y a partir de los años 80 y hasta nuestros días, la industria del “cochecito” ha experimentado un avance vertiginoso.

Actualmente es prácticamente imposible encontrar una familia con niños pequeños que no disponga de un carricoche. Y tiene su lógica, porque es cierto que la función que cumple el carrito cubre de forma relativamente satisfactoria la necesidad compartida por bebés y padres de trasladarse conjuntamente.

Sin embargo… de la cuna con ruedas hemos pasado a tener cochecitos para todas las edades, incluso sobrepasando con creces la edad en la que los niños ya pueden caminar (que está en torno al año y medio-dos años) o empezar a recorrer ciertas distancias (en torno a los tres años).

Obviamente la industria del carrito va a intentar ofrecer siempre modelos adaptados a edades tan superiores como las ventas le permitan. Y para venderlos, esta misma industria va a intentar inocular de alguna manera a sus consumidores la “necesidad” de disponer de un carro durante varios años. De hecho, los fabricantes de carritos, desde mi punto de vista, han conseguido su objetivo con creces: los niños no necesitarían utilizar un carrito más allá de los dos años y medio, pero sin embargo muchos los utilizan hasta que tienen cuatro (o más).

Pero la responsabilidad en este suceso no la tienen solamente los fabricantes de carritos. Ellos simplemente han aprovechado la corriente de los nuevos tiempos, en la que los niños no deben ir en brazos de sus padres, han de estarse quietos cuando deben y hemos de llegar a tiempo a todas partes.

Por eso, el carrito, más allá de su primigenia y estupenda función de “vehículo temporal” está cumpliendo en nuestra sociedad algunas funciones añadidas ya no tan estupendas:

Por ejemplo, mientras el bebé está en el carrito durante un desplazamiento, no tiene excusa posible para ser cogido en brazos (“cansado no puedes estar, si vas en el carro”). Por otro lado, si es necesario se utilizan los arneses para inmovilizarle lo suficiente como para que no eche la mano al pan durante una comida, que pase la rabieta sin patalear o para mantenerle quietito frente al televisor y que no de la lata. Y por supuesto, le montamos en el carro para ir de casa al colegio (con tres o cuatro años ya..) porque caminando nos eternizamos.. y tenemos que llegar a tiempo.

Y así un sinfín de “usos” totalmente abusivos y que, a mi entender, atentan directamente contra un desarrollo emocional y motor sano y normal.

Hay que reconocer que es infinitamente cómodo utilizar el carrito cuando uno sale a pasear con sus hijos de dos, tres años: salimos de casa, llegamos al parque, juega un rato, le montamos en el carro y de vuelta a casa. En el camino, además, nosotros podemos hablar por el móvil (o con la pareja) un ratito, o pensar en nuestras cosas.

Nos evitamos el tener que salir corriendo detrás del niño cada dos por tres porque no sabe lo que es un semáforo en rojo. Nos evitamos el tener que ir parando en cada escaparate, cada piedrita del camino, cada baldosa. Nos evitamos el tener que cogerle en brazos un ratito porque se ha cansado. Nos evitamos las caídas, los tropezones, el velar por su seguridad.

Nos evitamos, a fin de cuentas, que el niño pueda descubrir el mundo a través de la locomoción y el control de su propio cuerpo. Que se acerque a oler las flores, a tocar o a mirar de cerca algo que le gusta. Que ejerza el libre albedrío de caminar, saltar a la pata coja o sortear obstáculos… que aprenda a ser autónomo, independiente; que ejercite su musculatura, que gaste calorías, que se mueva, que sea el bípedo que es y se haga fuerte, capaz de recorrer por sí mismo cada vez más distancia por su propio pie.

Los adultos comodones fabricamos niños comodones, dependientes, quietos, castrados en el ejercicio de sus deseos y que observan el mundo desde una silla. ¿Cómo puede extrañarnos que más adelante (y no mucho más adelante, ojo) se busquen un sillón del cual ya no se moverán más que para encender o apagar el televisor?

Me entristece de verdad ver a niños mayorcitos en sus carritos, atados o simplemente aparcados ahí como inválidos o abuelitos en sus sillas. Me entristece ver a bebés llorando en sus cunas con ruedas sin que nadie los toque.

Me encanta, por el contrario, ver a las familias que pasean de la mano, con el pequeño a hombros, el otro correteando en círculos alrededor de la madre, charlando entre sí, jugando y compartiendo un buen paseo. Me gustan los niños en las rodillas de sus padres en una reunión de amigos en torno a un aperitivo, participando, jugando cerca de los mayores o aprendiendo a sentarse en la mesa con ciertos “modales” y compartir una comida. Me gustan los padres que son capaces de cargar a sus hijos más mayores durante tres minutos, tiempo necesario para descansar sus pequeñas piernas y recibir, de paso, un buen abrazo.

Y me gustan sobremanera los niños que se rebelan en sus carros y piden a gritos que les dejen caminar.

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