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Las infelices consecuencias de vivir centrado en el niño


Copio este articulo de Jean Liedloff, recientemente fallecida. Traducido por Marina Romanos de el blog Bebé a go-go

Comentemos este articulo, y veamos como nos ha resultado a nosotros. Nuestro blog se nutre con tus comentarios, gracias por dejarnos uno.

Las infelices consecuencias de vivir centrado en el niño

Parece que muchos padres de niños pequeños, en su afán por no mostrarse negligentes ni irrespetuosos, se exceden en la actitud contraria

Pasó un tiempo antes de que el significado de lo que estaba mirando calara en mi mente “civilizada”. Había pasado más de dos años viviendo en las junglas de Sudamérica con indios de la edad de piedra. Los niños pequeños viajaban con nosotros cuando contratábamos a sus padres como guías y porteadores, y a menudo nos quedábamos durante días o semanas en las aldeas de los indios yecuana, donde los niños jugaban todo el día sin supervisión de adultos o adolescentes. Sólo me dí cuenta, después de la cuarta de mis cinco expediciones, de que nunca había visto un conflicto entre los niños o entre un niño y un adulto. No sólo los niños no se pegaban, sino que ni siquiera discutían. Obedecían a los adultos inmediata y gustosamente, y muchas veces llevaban bebés en brazos mientras jugaban o ayudaban con las tareas.

¿Dónde estaban “los terribles dos años”? ¿Dónde estaban las rabietas, el afán de reafirmarse, el egoísmo, la destrucción, el descuido de su propia seguridad, que a nosotros nos parecen tan normales? ¿Dónde estaban las reprimendas, la disciplina, los límites necesarios para poner freno a su terquedad? ¿Dónde estaba la relación de enfrentamiento que damos por sentada entre padres e hijos? ¿Dónde estaba la culpa, el castigo y dónde había, en realidad, cualquier signo de permisividad?

La manera Yecuana

Hay una expresión yecuana equivalente a “son cosas de niños”; tiene una connotación positiva y se refiere al buen humor de los niños mientras corretean y gritan, se bañan en el río o juegan a badminton yecuana (un juego no-competitivo en el cual todos los jugadores mantienen la plumilla de hoja de maíz en el aire el mayor tiempo posible, golpeándola con las palmas de las manos) Oí muchos chillidos y risas cuando los niños jugaban fuera, pero en el momento en que entraban a las cabañas bajaban la voz para mantener la calma reinante. Nunca interrumpían una conversación adulta. De hecho, casi nunca hablaban cuando se encontraban en compañía de adultos, limitándose a escuchar y realizar pequeños servicios, como hacer circular comida y bebida.

Lejos de tener que ser castigados o reprimidos para que adoptaran ese comportamiento complaciente, los angelitos estaban relajados y alegres. Y al crecer se convertían en adultos felices, confiados y cooperativos!

¿Cómo lo hacen? ¿Qué saben los yecuana sobre la naturaleza humana que nosotros desconocemos? ¿Cómo pueden mantener relaciones cordiales con sus hijos durante la primera infancia y más adelante?

La experiencia “civilizada”

En la consulta, la gente me pregunta cómo superar los efectos nocivos de las creencias que sobre ellos mismos se forjaron durante la infancia. Muchas de esas personas son padres que buscan no hacer padecer a sus hijos la alienación que ellos sufrieron en manos de sus normalmente bienintencionados padres. Les gustaría saber cómo criar a sus hijos felizmente y sin sufrimiento.

Muchos de estos padres han seguido mi consejo y, guiándose por el ejemplo yecuana, se han mantenido en contacto físico constante con sus hijos durante todo el día y la noche, hasta que éstos empezaron a gatear. Algunas progenitores, no obstante, se mostraron sorprendidos y consternados porque sus hijos se volvían demandantes o malhumorados – a menudo hacía quien más se hacía cargo de ellos-. Por más dedicación y sacrificio personal que mostraran, la disposición del bebé no mejoraba. Esforzarse todavía más en aplacarle no conseguía ningún resultado, salvo aumentar la frustración del padre y del niño. ¿Por qué, entonces, a los yecuana no les pasa lo mismo?

La diferencia crucial es que los yecuana no se centran en el niño. Puede que en ocasiones mimen a los bebés con cariño, jueguen al cu-cu-trás o les canten, pero la mayor parte del tiempo el cuidador está prestando atención a otra cosa, no al bebé. Los niños que cuidan de los bebés también se toman este cuidado como una “no-actividad” y, aunque los llevan encima a todos los sitios, casi nunca les prestan atención directa. Por tanto, los bebés yecuana se encuentran siempre en el medio de las actividades que ellos mismos realizarán al crecer, mientras aprenden a arrastrarse, gatear, caminar y andar. La vista panorámica de sus futuras experiencias vitales, comportamiento, ritmo e idioma les proporciona una rica base para su incipiente participación.

Hablar, admirar, o jugar con el bebé todo el día le priva del papel de espectador que le corresponde en la fase en brazos. Incapaz de comunicar sus necesidades, el bebé exterioriza su descontento. Así intenta conseguir la atención del cuidador aunque -y ésta es la causa de la comprensible confusión- su propósito es conseguir que el cuidador cambie esta experiencia insatisfactoria, que se preocupe de sus tareas con confianza y sin que parezca que pide permiso. Una vez que la situación se corrige, este comportamiento para llamar la atención, que nos parece equivocadamente un impulso permanente, puede amainar.


Una madre de la costa este, cuando comenzamos las sesiones telefónicas, estaba al límite. Mantenía una guerra con su querido hijo de tres años que continuamente chocaba con ella, en ocasiones la golpeaba, y le gritaba “cállate” y otras cosas desesperantes, llenas de furia y falta de respeto. Intentaba razonar con él, preguntarle lo que quería de ella, sobornarle y hablarle dulcemente durante tanto tiempo como le era posible antes de perder la paciencia y gritarle. Después le consumía la culpa e intentaba compensarle con disculpas, explicaciones, abrazos o recompensas para mostrarle su amor – a lo cual su precioso hijito respondía emitiendo nuevas y airadas demandas.


A veces dejaba de intentar complacer al pequeño, y se ponía a sus tareas sin abrir la boca, a pesar de los alaridos y protestas. Si conseguía aguantar lo suficiente para que el niño dejara de intentar controlarla y se calmara, él la miraba con ojos llenos de amor y le decía: “Mamá, te quiero” y ella, desecha en gratitud por este aplazamiento momentáneo de la culpa, comenzaba a comer de su pequeña mano, llena de mermelada. Entonces el niño se volvía otra vez mandón, enfadado y grosero y toda la escena se volvía a repetir, por lo que la desesperación de la madre se hacía más profunda.


Escucho historias muy similares de clientes en Estados Unidos, Canadá, Alemania e Inglaterra, así que pienso que es justo decir que es un problema recurrente entre los bien educados y bienintencionados padres de las sociedades occidentales. Lidian con niños que parecen querer mantener a los adultos bajo su control y obedientes a sus antojos. Para empeorar las cosas, mucha gente cree que este fenómeno refrenda la extendida noción de que nuestra especie, junto con todas las demás criaturas, es antisocial por naturaleza y que son necesarios años de oposición (disciplina, socialización) para convertirnos en viables o buenos. Como los yecuana, los balineses y muchos otros pueblos fuera de nuestra órbita cultural muestran, sin embargo, que esta noción es completamente errónea. Los miembros de un pueblo responden al condicionamiento de su cultura como los miembros de cualquier otra.

El camino hacia la armonía

Entonces ¿qué causa esta infelicidad? ¿Qué se nos escapa de nuestra naturaleza humana? ¿Qué podemos hacer para aproximarnos a la armonía que los yecuana disfrutan con sus hijos?

Parece que muchos padres de niños pequeños, en su afán por no mostrarse negligentes ni irrespetuosos, se exceden en la actitud contraria. Como mártires de la “fase en brazos” se han centrado completamente en el niño en lugar de ocuparse en actividades adultas que el niño pueda observar, seguir, imitar y en las que colaborar, como es su tendencia natural. En otras palabras, como los niños quieren aprender lo que hace su gente, esperan poder enfocar su atención en un adulto que a su vez esté centrado en sus propias tareas. El adulto que para sus actividades e intenta descubrir lo que el niño quiere que haga está cortocircuitando sus expectativas. Además, al niño le parecerá que su cuidador no sabe cómo comportarse, que le falta confianza y, algo todavía más alarmante, que busca orientación de él, que tiene sólo dos o tres años y confía en que el adulto esté calmado y seguro de sí mismo.

La reacción predecible del niño a las dudas del adulto es desequilibrar todavía más a sus padres, empujándoles a un lugar donde se encuentren firmes para aplacar la ansiedad sobre quién tiene el control de la situación. Puede que continúe dibujando en la pared después de que su madre le haya rogado que pare, como pidiendo disculpas y sin creer que el niño obedecerá. Cuando la madre le quite los rotuladores, siempre mostrando miedo de su decisión, el niño -como es una criatura social- cumplirá las expectativas de la madre y comenzará a gritar y tener una rabieta.

Si, malinterpretando este enfado, la madre intenta todavía más descubrir qué le pasa al niño, le ruega, le explica y parece cada vez más ansiosa por calmarle, el niño se verá impelido a hacer demandas más escandalosas y menos aceptables. Esto es lo que continuará haciendo hasta que ella retome la iniciativa y él pueda sentir que el orden se ha restaurado. Es posible que todavía no tenga una figura de autoridad calmada, segura y fiable, ya que su madre oscila entre perder los nervios y otro punto, en que le abruman la culpa y las dudas. No obstante, tendrá el precario consuelo de que, a la hora de la verdad, ella le eximió de estar al cargo y le alivió de la sensación aterradora de que debería saber de alguna manera lo que la madre tenía que hacer.

Por decirlo de forma simple, cuando un niño intenta controlar el comportamiento de un adulto, no es porque desee conseguirlo, sino porque necesita estar seguro de que el adulto sabe lo que está haciendo. Aún es más, el niño no puede dejar de verificar, hasta que el adulto se pone firme y el niño puede tener esa certeza. Ningún niño soñaría con intentar relevar al adulto en la toma de iniciativa, a no ser que ese niño haya recibido un mensaje claro de que éso es lo que se espera de él – no lo que se quiere, lo que se espera-. Además, una vez que el niño siente que ha logrado el control se confunde y asusta, e intenta e intenta ir hacia el otro extremo para impulsar al adulto a retomar el liderazgo.

Cuando entienden esto, el miedo de los padres de imponerse a sus hijos se disipa, y ven que no hay necesidad de confrontación. Manteniendo el control satisfacen las necesidades de sus queridos hijos en lugar de actuar oponiéndose a ellos.

A mi cliente de la costa este le costó una semana o dos ver los primeros resultados de este nuevo entendimiento. Después de eso, generaciones de malentendidos y la fuerza de los antiguos hábitos, la familia experimentó una transición hacia una relación no controvertida. Hoy, ella y su marido, así como muchos otros clientes míos están felizmente convencidos por su propia experiencia de que los niños, en lugar de estar predispuestos a la oposición, son profundamente sociales por naturaleza.

Esperar de los niños el integrarse es lo que les permite hacerlo. Las expectativas de los padres sobre la sociabilidad de sus hijos son percibidas por el niño, que hará lo posible por cumplirlas. Asimismo, la experiencia de sociabilidad que el padre ve en el niño refuerza sus expectativas. Así es como funciona. En una amable carta, el marido de mi cliente de la costa este escribió de su mujer, su hijo y de sí mismo: “Hemos madurado y aprendido, y nos hemos amado de modo milagroso. Nuestra relación continúa evolucionando de una manera totalmente positiva y afectuosa”.

9 comentarios el “Las infelices consecuencias de vivir centrado en el niño

  1. Zary
    9 mayo 2011

    Hola María Camila!! Ya lo había leído.. es más creo que a este texto era que se refería mi comentario en tu entrevista. que bueno que lo compartas!

    Me gusta

    • Creo que este texto y la información que tu das en el programa de las rabietas, aliviaría a tantos padres y madres, y a la misma sociedad a entender a los niños al rededor de 2 años, separándose de su madre, adquiriendo y perfeccionando su lenguaje, ademas de las exigencias que le pone el medio, es importante poder tener paciencia, detenerse a pensar si hay peligro en sus acciones, o si puede hacer y experimentar sin hacer daño a nadie, y buscar medios de comunicación. Anexare tu audio a esta entrada, creo que es el complemento perfecto. Gracias por tu comentario, alimenta mi blog.
      Abrazarte
      A un beso de distancia

      Me gusta

  2. Pingback: Mis hijos no son el centro de mi vida. | Portabebes Abrazarte

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  4. Fabian Quintiero
    22 mayo 2013

    Hola
    El articulo me ha gustado , aunque me parece erróneo el enfoque que le dan a la o las situaciones, me parece que las rabietas y los enfados de los niños solo reflejan el estado emocional y de creencias de los padres, que son los que están así de mal consigo mismos.
    Si tus hijos no son el centro de tu vida, para que has tenido hijos? ….ya elegiste al tenerlos, ahora bien, si en tu vida hay miedo en cualquiera de sus formas (carencia, inseguridad, culpa…etc) entonces el niño es solo el reflejo de ti mismo
    La elección verdadera es amarte , sanarte respetarte a ti mismo, entonces el niño lo reflejara inmediatamente
    Recomiendo el THETAHEALING, a mí me dio muy buenos resultados
    Saludos ,
    un abrazo!!

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    • pammoreno
      24 mayo 2013

      Hola Fabian, gracias por tu feedback siempre es muy valioso leerlos.
      Me ha encantado lo que nos compartes “La elección verdadera es amarte , sanarte respetarte a ti mismo, entonces el niño lo reflejara inmediatamente”
      Pero también creo que los niños no solo son reflejo de sus padres, ellos tienen sus experiencias propias, sentimientos propios, luchas internas propias y respetando su proceso tienen derecho a tener todo eso, fáciles y difíciles días, malos y buenos momentos, etc. Por lo cual, acompañarlos sin responsabilizarles de lo que eso produzca en mi es muy importante, permitirles vivir sin atarles a mi centro, amarlos con la locura de todo buen padre o madre pero con el respeto de saberlo único, autónomo y diferente a mí.

      Un abrazo y gracias.

      Me gusta

  5. 3amony
    10 marzo 2014

    Reblogueó esto en Maria Teresa Cataldo Plaza.

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