Portabebes Abrazarte

A un beso de distancia

Como percibe el recién nacido su llegada al mundo


Fragmentos de “Por un nacimiento sin violencia” Frederick Leboyer

Poco sabemos en realidad sobre las sensaciones del bebé que acaba de nacer. A pesar de que el nacimiento lo hemos vivido todos, nadie recuerda con claridad qué es lo que ocurre en la mente y en los sentidos del bebé desde el momento en el que el útero comienza a contraerse para lanzarlo al mundo. La naturaleza es sabia, y sin duda, no habría diseñado una experiencia dañina para dar inicio a nuestro trasegar por el mundo. Pero la intensidad del nacimiento es innegable. El parto es una situación exigente no solo para el cuerpo de la madre sino también para el del bebé.

La enorme marejada de sensaciones que le arrastra al nacimiento sobrepasa cuanto podamos imaginar los adultos. Es una experiencia sensorial tan amplia que ni siquiera podemos concebirla.

Los sentidos del recién nacido funcionan, Y de qué manera!

Poseen la agudeza, el frescor de la juventud… Y  las sensaciones del nacimiento se hacen más fuertes todavía por contraste con lo vivido anteriormente…

La vida intrauterina tiene dos etapas, la primera, el embrión que crece y se desarrolla inmóvil. Más tarde adquiere movimiento. Flotando en el líquido amniótico, se siente ingrávido, ligero como un pájaro, ágil y vivaracho como un pez

En esta primera mitad de la gestación, las membranas y el líquido que contienen al bebé crecen más aprisa que él. Pasada esta primera mitad, el niño sigue creciendo, desarrollándose pero la cavidad que lo contiene crece muy poco, la libertad de sus movimientos comienza a disminuir, progresivamente se dobla, se acurruca para acomodarse a su nido.

En los últimos meses de gestación, aparecen las contracciones, el musculo que lo acoge, le presiona suavemente una y otra vez, como un juego, como una ola que viene, le abraza y se retira. El niño se familiariza así con éste movimiento que es como una caricia y que tendrá una intensidad 10 veces mayor cuando comience el trabajo de parto.

Después de nueve meses de recogimiento en el acolchado vientre de mamá, un día todo se transforma. El nido que comprimirá amorosamente comienza a contraerse con una fuerza desconocida. El niño tiene que percibir el cambio con algo de angustia, de inquietud. Decir que sufre (si todo va bien) es especular. Lo único de lo que podemos estar seguros es de que el cambio es intenso y que debemos buscar formas para hacer de esta transición una experiencia amable, cálida, una verdadera bienvenida al mundo.

Decíamos que los sentidos del bebe están perfectamente desarrollados cuando nace. Recordemos que nuestros sentidos de adulto han perdido delicadeza, han perdido sensibilidad. Sutiles sistemas filtran y organizan nuestras sensaciones y nuestras percepciones, dándoles significación. Estamos tan acostumbrados a estos condicionamientos, que ni siquiera tenemos conciencia de ellos. Estas ideas preconcebidas nos “ocultan” la realidad, nos protegen de la aplastante totalidad.

Nada de esto ocurre con el recién nacido. Para él, la sensación es integra, sin filtrar. No ha sido organizada. Sus sentidos son extremadamente sensibles.

Empecemos por hablar de la vista. Los ojos del pequeño no ven como los nuestros, pero ven. Vienen de la penumbra por eso es aconsejable buscar una luz baja para recibirlo.

Es importante estar atento al periné de la madre para evitar que se desgarre pero no es necesario utilizar reflectores.

El oído esta también perfectamente desarrollado, acostumbrado a escuchar los sonidos a través de las paredes abdominales de la mamá. Por eso es importante no hablar en voz alta en la sala de parto. “Nada mas sencillo”: mantener el silencio.

¿Sencillo? No. No es tan fácil como parece. Somos locuaces por naturaleza. Y cuando mantenemos la boca cerrada, el monologo interior se dispara. Por otra parte, permanecer callado al lado de alguien es una experiencia inquietante. Callar es estar atento al “otro”, escuchar, captar lo que no se expresa es palabras; representa un enorme esfuerzo. Requiere una preparación, un entrenamiento y haber comprendido el por qué… Debemos saber que el niño oye, que sus oídos son muy sensibles. En suma es necesario aprender desde el primer instante a amar al niño por sí mismo. No como una cosa propia. El bebé no es un juguete nuevo, es un ser vivo que les ha sido confiado a sus padres.

Ojala podamos decir:

“Soy su madre” en vez de “Es mi hij@”

Entre ambos conceptos hay un abismo y todo el porvenir del niño.

Penumbra, silencio. ¿Que mas necesitamos?

Paciencia. “Aceptar la calma, impregnarse de ella, actuar despacio, constituye otro ejercicio, exige una preparación.  Quien no sea capaz de experimentar la lentitud en su propio cuerpo no puede comprender lo que es el nacimiento, ni establecer contacto con el recién nacido.

Para que esta comprensión, este contacto se produzcan, hay que escapar al tiempo. Salir de “nuestro” tiempo. De la rutina, del gusto objetivo y personal que sentimos por su paso, por su duración precipitada.

Nuestro tiempo y el tiempo del bebé son distintos. Uno es la lentitud que raya en la inmovilidad; el otro es una agitación muchas veces cercana al paroxismo.

Por otra parte, nunca estamos “ahí”. Nos hallamos siempre en otra parte. En el pasado, en el recuerdo. O en el futuro, en nuestros proyectos. Siempre antes o después, pero nunca en el “ahora”.

¿Cómo salirnos del tiempo? Permaneciendo ahí, mediante la atención apasionada. EL observador descubre al recién nacido y experimenta tanta sorpresa que se olvida de todo. Hasta de sí mismo. Entonces no hay observador, solo queda el niño.”

Todo está listo: penumbra, silencio, recogimiento. El tiempo se ha detenido. El niño puede llegar. Nace y lo depositamos enseguida sobre el vientre materno. Es muy importante evitar que se enfrié. El calor de mamá lo protege, así, sobre ellas esperamos hasta que el cordón deje de latir para darle al pequeño su independencia.

Cortar el cordón antes de que deje de latir, es una agresión violenta contra el recién nacido, es obligarlo a respirar sin darle tiempo para hacerlo de una forma lenta y progresiva. El bebé nace realmente cuando inspira por primera vez, cuando sus pulmones se distienden al llenarse de aire.

EL hecho de cortar inmediatamente el cordón o no cortarlo cambia por completo la forma de establecerse la respiración y por lo tanto, el gusto por la vida del recién nacido. Si obligamos al bebé a respirar, separándolo de su madre antes de que haya establecido su respiración, se producirá ese primer reflejo condicionado que unirá para siempre respiración y angustia.

En cambio, si nos abstenemos de intervenir, el niño estará oxigenado por partida doble; será un paso lento, progresivo de uno a otro estado.

Nacer es un instante privilegiado; nacer es instalarse en la respiración. Es ese vaivén, esta oscilación que ha de durar tanto como nosotros. La respiración es la frágil barca que nos lleva de una a otra orilla.

Todo cuanto vive respira. Las gentes todas respiran ¿Mas como? Una respiración libre, otra embotada y el mundo cambia! Cuantas personas viven su existencia medio asfixiadas? Incapaces de suspirar.

Vivir es respirar libremente. No con el tórax solamente sino también con el vientre, con los costados, con la espalda. En el momento de nacer se establece la respiración y sus futuros bloqueos.

Las manos que sostienen al niño:

A través de las manos se habla con el niño, nos comunicamos con él. El tacto es el primer lenguaje, ver y comprender viene después de “sentir”. Es un lenguaje piel a piel. La piel del recién nacido posee una sensibilidad que no podemos sospechar siquiera.

Gracias a la piel el niño conoció el mundo: su madre.

Su espalda se hallaba en contacto con el útero, y de allí recibía sus informaciones (movimientos viscerales).

Nuestras manos son órganos de la inteligencia, de la voluntad; obedecen a músculos estriados, músculos de la conciencia, de la velocidad, sus movimientos son vivos, breves, por no decir bruscos para el bebé que solo ha conocido el lento y continuo movimiento de las vísceras.

¿Como debemos entonces manejar al recién nacido?

Sencillamente recordando lo que acaba de dejar. Nuestras manos deben hablar un lenguaje visceral, deben hablar, tocar, como lo hacia el útero.

¿Qué significa eso?

Las manos deben reproducir la lentitud, la continuidad del movimiento de la contracción uterina, de la “onda peristáltica”.

Por eso es preciso colocar al bebé boca abajo sobre el vientre de su madre y hablar con su espalda, a través de un suave masaje para comunicarle amor y seguridad.

No es una fricción ni es una caricia. Es un masaje fuerte, apoyado pero muy lento. Las manos recorren la espalda del bebé una tras otra, sucediéndose como olas que besan la arena sin pausas, sin prisa, sin fin. A penas una mano a terminado su trayecto, la otra lo está iniciando ya, ambas con idéntico ritmo; es un ritmo olvidado que hace falta descubrir, aprender de nuevo.

Esto en cuanto al ritmo del movimiento. Pero las manos pueden también permanecer simplemente inmóviles.

A través del contacto de las manos, el niño lo capta todo: el nerviosismo o la tranquilidad, la torpeza o la seguridad, la ternura o la violencia.

Ante unas manos solicitas, cariñosas, el niño se abandona, se abre. Pueden estas manos estar simplemente “ahí” sin pedir nada, inmóviles pero atentas, vivas, ligeras pero colmadas de ternura.

Cuando ya el bebé respira, después de que se han encontrado y descubierto con su madre, llega el momento de separarse, un paso más en el camino hacia la libertad.

Lo mejor es devolverle al medio con el que tiene mayor familiaridad, el agua (esto si no ha nacido en ella). En su elemento, anulada su gravidez, el bebé se relaja y comienza a explorar sus movimientos, su cuerpo, su espacio.

¿Cuánto tiempo debe permanecer en el agua?

Unos minutos, los que sean necesarios para que pueda relajarse, distender sus miembros y su espalda.

Una vez esto ocurra, lo sacaremos del agua lentamente. Al salir su cuerpo recuperara el peso por la acción de la gravedad. Debemos tener cuidado de no dejarlo enfriar. Lo vestiremos con telas de algodón o de lana dejando al descubierto la cabeza o las manos para que pueda jugar. Lo acostaremos de lado para que sus brazos y piernas puedan moverse con libertad. Y la cabeza pueda girar sin dificultad, y el abdomen no tenga obstáculos para respirar. Es importante apoyar su espalda en “algo”. Esta es la primera vez que le dejamos “solo” entonces descubrirá la experiencia de la inmovilidad.

Durante nueve meses su mundo liquido no ha dejado de moverse, ahora, por primera vez, nada se agita. Ha comenzado una nueva vida.

Después de haberlo dejado unos minutos para que sienta esta nueva forma de estar, es hora de regresar con mamá…

Adaptado del libro “Por un nacimiento sin violencia” de Frederick Leboyer

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Suscribete a nuestros boletines quincenales

Pincha aqui

Dudas en la Crianza? Busca en nuestra casilla de busqueda, sobre el tema que te inquieta con respecto a embarazo, parto y crianza respetuosa, si no lo tenemos, escribenos a portabebes.abrazarte@gmail.com o dejanos un comentario en cualquiera de nuestras entradas. Que disfrutes tu visita por nuestra web !!!

Puntos de Venta

COLOMBIA

Contacta directamente en Bogota con Mariana Puerta (Chapinero) al teléfono 3138841607

Ella te atiende con cita previa, te guía en el uso de tu portabebés y allí mismo puedes comprarlo.

Visita nuestra tienda online www.abrazarte.co y compra allí directamente.

Gracias

Puedes cancelar desde tu hogar por

Logotipo de Pago estándar
A %d blogueros les gusta esto: