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A un beso de distancia

Aprender a desaprender


Mensualmente tendremos la colaboración de Zinnia Muñoz, gran amiga que nos contextualizara con diferentes temas de la educación fuera de la escuela. Agradecemos su colaboración, y esperamos todas sus dudas, preguntas o sugerencias, al pie de este artículo en comentarios, o escribiendo directamente a portabebes.abrazarte@gmail.com

Aprender a desaprender
La opción de educar en familia

Se nos ha dicho siempre que debemos ir a la escuela. Cuando pequeños muchas veces soñamos con eso. El jardín de niños, la escuela, el colegio y luego como una gran meta llena de anhelos, la universidad. Parece obvio que ese es el recorrido que debemos hacer durante 19 o más años de nuestra vida. Pero, realmente ¿qué tan obvio es?

La escuela es una institución para la reproducción social y cultural. Su objetivo ha cambiado dependiendo del lugar y del momento histórico. La hemos visto como un avance evolutivo del hombre y de la sociedad, y por lo tanto como la única opción viable para crecer e interactuar con el mundo.

¿Cuál es el propósito de enviar los niños y jóvenes a la escuela? La respuesta más frecuente es “para aprender”. Para aprender muchas cosas, como ciencias y matemáticas, a leer y escribir, a contar y a sumar, pero también a convivir en sociedad, a respetar, a seguir instrucciones, a ser responsable y disciplinado. Esto en términos sociales idealistas, porque si lo miramos desde el punto de vista del gobierno o de la economía las respuestas van a ser muy diferentes, y en general, poco alentadoras. Con el paso del tiempo la educación se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos, y en nuestro país la educación pública no es gratuita ni de buena calidad y las escuelas se han convertido en las “nanas institucionales” para posibilitar que los padres sean adultos productivos frecuentemente sobreexplotados por el sistema.

La escuela, tal y como está planteada hoy en día, es cada vez menos funcional. La tasa de deserción escolar en nuestro país es para el 2011 de 4,53 (según el Ministerio de Educación) lo que equivale a decir que en un año más de 318.000 niños y jóvenes abandonaron sus estudios. Y el abandono escolar no corresponde solamente, como piensan algunos con frecuencia, a niños de estratos bajos y de comunidades marginales, son niños y jóvenes de todos los estratos socioeconómicos.

Pero la escuela no es la única opción. Hay otra opción que siempre ha existido y que es tan antigua como el hombre: la educación en familia. ¿Pero qué es eso? Es tan sencillo como decir que son familias que optan por no enviar sus hijos a una institución y asumen la responsabilidad de acompañarlos en el largo e interminable proceso de aprender. Para algunos esto podría ser un retroceso cultural o una negación social, pero en esencia, educar en casa parte de un fuerte sentido de responsabilidad y de coherencia para vivir en equilibrio entre la mente y el corazón. Es una opción de vida.

Para muchos esto es de locos, ¿Cómo no enviar los niños a la escuela, al colegio? ¿Cómo van a aprender? Y yo pregunto, ¿Es que acaso solo aprendemos con la intermediación de una institución? Definitivamente no. Aprendemos a caminar y a hablar sin intermediación de la escuela, y la lista es variable a cada uno y si la hacemos con atención, puede ser muy larga: montar en bicicleta, abrazar, pegar un botón, besar, amarrarse los zapatos, enrollar la pasta en el tenedor, lavarse los dientes, elevar una cometa, subirse a un árbol, columpiarse, etc. El ser humano está diseñado para aprender. Todo en nuestra vida es un proceso inacabable de aprendizaje. Aun más, las cosas más importantes en la vida, con demasiada frecuencia no las aprendemos en la escuela.

Aprender es inherente al ser humano. Aprendemos solo lo que nos gusta, lo que nos produce placer y lo que es necesario para convivir con los otros. Y el más grande de los aprendizajes es conocernos a nosotros mismos y en ese sentido la educación en familia tiene grandísimos aportes.

Algunos argumentos casi comunes a todas las familias que educamos en casa es que deseamos que nuestros hijos sean seres humanos felices, que se encuentren a sí mismos en las cosas que hacen y que tengan los aprendizajes necesarios y la confianza en sí mismos para construirse una vida a su medida.

Cada persona es una combinación única de intereses y capacidades, entonces, ¿por qué todos debemos aprender lo mismo? Si todos somos diferentes, ¿no es lo más lógico que aprendamos cosas diferentes? La educación en familia puede ser una verdadera “educación personalizada” en la que todos los aprendizajes estén en conexión con el niño o joven.

Y como todos somos diferentes, también cada familia es diferente. Así que decimos que hay tantas formas de educar en familia como familias hay. Algunas utilizan textos escolares y realizan evaluaciones, o leen muchísima literatura y miran videos científicos, otros hacen experimentos y salidas a museos, o entrenan deportes y se desarrollan en algún arte como la música o la danza, algunas tienen tutores o inscriben a sus hijos en cursos, y algunas no hacen nada directivo y dejan que sus hijos exploren su mundo y sus capacidades con mucha libertad. Todas son opciones igual de válidas y enriquecedoras para cada familia. No hay una fórmula específica, cada quien la construye a prueba y error hasta que encuentra su “receta” particular que se adapta a su forma de vida, a su capacidad económica y a cada hijo.

Básicamente hay dos inicios para la educación en familia: cuando se retiran los hijos de la institución educativa o cuando se decide desde pequeños que serán educados en casa y por lo tanto son chicos que crecen sin pisar un colegio. Esta última opción es más sencilla en el sentido en que el proceso de educación en casa se va dando de manera natural y va creciendo y ampliándose con el crecimiento de cada chico. Es diferente a cuando se desescolariza, es frecuente sentirse en un limbo, en el abismo del no saber qué y cómo hacer, del qué va a pasar, y son preguntas que asaltan tanto a los niños y jóvenes como a los padres. Lo primero es tomarlo con calma y darse un tiempo de “descompresión” y “desintoxicación”, unas vacaciones sin término definido; algunos hablan de un mes por cada año de escolarización, pero eso es relativo a cada chico. Posiblemente en menos tiempo se sentirá con deseos de iniciar o retomar actividades “académicas”, y poco a poco se va armando el proceso propio de aprendizaje.

¿Y qué de la socialización? Se tiene la falsa creencia de que si un niño no comparte un espacio con otros 20, 30 o 40 niños de su misma edad, 8 horas al día, 5 días de la semana, no van a saber relacionarse con los demás. La socialización que se produce en el colegio es artificial porque la vida no es así, lo más atípico que puede suceder es trabajar o vivir con personas de la misma edad. Generalmente estamos interactuando con personas de todas las edades pero cuando se está en el colegio es frecuente temerle a los mayores, no saber cómo relacionarse con un adulto o un adulto mayor y menos aun con alguien menor. La socialización ocurre en todas las instancias de la vida, en el juego en el parque, en la compra en la tienda, cuando cogemos un taxi o el bus, cuando bajamos en el ascensor, cuando nos visitan amigos. Somos por naturaleza seres sociales y gregarios.

Educar en familia no equivale a negarle a nuestros hijos la posibilidad de hacer estudios técnicos y profesionales. Colombia es un país tan diverso que nuestra ley contempla muchas formar de cumplir con los requisitos para obtener un título de bachiller: se puede validar de manera presencial o virtual, se pueden presentar exámenes frente a instituciones educativas cada año para convalidar saberes, o se puede validar en un solo examen con el Icfes. La educación en casa no está reglamentada pero es legal en nuestro país.

Y en ese devenir, ¿cuál es el papel del maestro y del padre educador? Acompañar, acompañar el proceso de aprendizaje de los niños y los jóvenes. No hay que ser pedagogo o licenciado para educar en familia, lo que se sabe se enseña, lo que no, se busca, ya sea la información o a alguien que sí lo sepa. Y si no se puede hacer nada de lo anterior, queda una opción maravillosa que es confiar, confiar en nuestros hijos y su capacidad de aprender, de buscar y encontrar sus respuestas, confiar en que ellos son los primeros responsables de su proceso de aprendizaje y que podrán alcanzar sus objetivos con las herramientas que tienen y que descubren en sí mismos. Sea cual sea la familia, los miembros jóvenes de ella aprenderán lo necesario para vivir en ese espacio, en esa comunidad y en esa cultura a la cual pertenecen y podrán también ser adaptativos y aprender de otras culturas. Y esto aplica en todo momento histórico, geográfico y social. Como somos humanos cometeremos errores pero también habrá grandes y reconfortantes aciertos. No hay que compararse con otra familia ni con otros chicos, hay que tener siempre presente que somos únicos y no hay parámetros, no hay “normalidad” ni estandarización, nuestro proceso no es “medible” en comparación del proceso de ningún otro.

Educar en familia es un gran viaje en el que al final quienes más aprendemos somos nosotros como papás.

Zinnia Muñoz
Antropóloga de la Universidad Nacional de Colombia, educa en familia desde el año 2009 a sus cuatro hijos de de 4, 6, 14 y 16 años. Escribe sobre su experiencia de educación en casa en el blog http://www.biosferadefamilia.blogspot.com . Es miembro activo del grupo gestor de la Red Colombiana de Educación en Familia – EnFamilia http://www.enfamilia.co
Además es maquilladora profesional, música en formación y doula en formación.
Pueden escribirle a zartes@gmail.com

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Esta entrada fue publicada en 5 junio 2013 por en educacion, En Familia y etiquetada con .

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