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A un beso de distancia

Mamás en la ciudad, su relato de parto


Acá más entradas sobre partos, diferentes partos, diferentes visiones, sensaciones, expresiones… En este relato de Isa Salazar y su marido, cuentan cada uno desde su vivencia el parto de su primera hija. Aquí pueden leer la entrada original en el Blog que maneja Isa Mamás en la Ciudad no se lo pierdan tiene muchos temas de nuestro interés, visto desde diferentes ópticas.

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Dos versiones de un mismo momento. 

Isa Salazar

La revista Soho hizo una interesantísima edición en donde invitaron a hombres y a mujeres a contar su versión sobre un mismo hecho. Comparto en Mamás en la ciudad, el relato de Juan Abel (mi esposo), y el mío, sobre el parto de nuestra hija María Belén.

UN PARTO VIVIDO POR UN HOMBRE

Llegó el día. Hacia las 9:00 de la noche empezaron las contracciones reales. Por las falsas habíamos ido dos veces al hospital y nos habían devuelto. Me sentía salvado cada vez que nos decían: “Hoy no va a ser”. Estas contracciones eran otra cosa, fuertes, descontroladas, me imaginaba que se sentían como el dolor de la apendicitis o como una intoxicación de chuzo de carne de mil en la calle. Salimos de nuevo al hospital.

Yo me sentía fuerte, seguro, aplicando el manual del curso psicoprofiláctico, que sirve hasta cuando el dolor es inmanejable. Mi papá me preguntaba que cómo estaba y yo le respondía que “bien, relajado”, cuando en realidad creo que del susto había dilatado más que Isabel. La cosa se demoró como diez horas. A mí me mandaron a la sala de espera, y a Isabel, a un cuarto de observación al que yo entraba de vez en cuando. Diez horas en las que solo quería un ron y un cigarrillo. Diez horas en las que conocí a cinco papás en la misma situación. Parecía que estuviéramos esperando una entrevista de trabajo después de nueve meses de desempleo, con la diferencia de que en esta oportunidad todos seríamos seleccionados para el cargo de papás. Había de todo. El papá que recibía al primer hijo de la moza; el kamikaze que ya iba para el tercer hijo; el señor de 65 que volvía a ser papá después de 40 años; el ejecutivo que llegaba de un viaje de trabajo y yo. Fuimos los mejores amigos esas horas. De hecho, con uno de ellos hice negocios esa noche. Debería ir más seguido al hospital y hacerme pasar por “padre en espera”.

Finalmente llegó el momento. Yo no quería. Ya me había acostumbrado a la barriga y a hablarle a María Belén desde afuera. El médico, un senséi en este cuento, me notificó que la bebé era muy cabezona, estaba muy grande y que“tendríamos que sacarla por cesárea”. Como dijo “tendríamos”, le pedí que me ayudara a entrar. Me puse la bata, me sentí médico, me tomé mi respectiva selfie y a trabajar. Mi misión era sencilla. Consistía en agarrar la mano de mi esposa y decirle: “Fresca, todo está en orden”. Le pusieron la anestesia que solo duerme de la cadera para abajo y empezó la operación. El aparato que usan, raja y cauteriza al mismo tiempo. Olía a carne asada, había muy poca sangre, mi esposa ya no entendía nada, yo me paraba de vez en cuando para ver cómo la abrían. La directora de neonatos me regañaba y me sentaba. En muy poco tiempo, las manos del médico estaban dentro de la barriga de la paciente y empezó a extraer a mi hija. Yo me había escondido el celular en las huevas para tomar una foto de ese momento. Tenía miedo de sacarlo pero no podía perder ese registro. Saqué el celular, María Belén ya estaba en el aire, como Simba cuando lo presentan en sociedad, y tomé la foto. De pronto, la malgeniada que me regañaba pegó un grito: “¡Qué haceee un celular en la sala de partos!”. Le faltó tirarse como escolta de película, gritando en el aire “nooooooo”. La foto ya estaba tomada. La miro de vez en cuando. Fueron los primeros cinco segundos de la historia de María Belén, que lloraba suavecito. Me cayó bien. Y desde aquí perdonarán, pero hablar del nacimiento de un hijo sin ser cursi me resulta imposible. Me impactó ver algo que por primera vez en mi vida sentí realmente mío. Me cambió la cabeza en cinco segundos. Ya nada era un juego, tenía que protegerla con toda la seriedad del caso. El matrimonio dejó de ser enamoramiento y una gran fiesta para ser el único espacio en el que me siento completamente cómodo. Me fui con una enfermera a limpiar a mi hija y me la dieron para mostrársela a mis papás y a mis suegros. Ella, diminuta y confundida, me agarraba el dedo. Se abrió la puerta y mi papá se atacó a llorar, se derrumbó, solo decía “es muy bonita, está completica”. Lo repetía y lloraba, la quería tocar pero no podía, lo intentaba y retrocedía; y ahí no aguanté más y me empezaron a salir lágrimas de forma automática. Isabel, aún drogada, ya era mamá, yo ya era papá y el mío, tan joven como se ve, ya era abuelo: fueron cuatro nacimientos en uno.

isa.PartoMariaBelén

 

EL MISMO PARTO VIVIDO POR UNA MUJER

“¿Qué te pasa, Isita?”, me preguntó el ginecólogo, con tono casi paternal, mientras una enfermera me sobaba la cabeza y Juan Abel, mi esposo, me miraba asustado. “Tengo depresión preparto”, le contesté con esfuerzo, tratando de controlar el llanto. No era una lagrimita tipo Johnson & Johnson de quien entiende el lenguaje del amor, ¡no! Era un llanto desconsolado, agitado, ahogado, incontrolable. Me sentía culpable de no dilatar, a pesar de tener contracciones. Aunque ya estaba llegando a la semana 40 y había ido dos veces a la clínica con la ilusión de tener a mi bebé, hasta entonces solo había tenido las llamadas contracciones falsas.

El embarazo me tomó por sorpresa. Nunca había sido muy maternal y se me metió en la cabeza que tantos nervios y dudas habían bloqueado mi cuerpo para el parto. Muchas mujeres sueñan desde chiquitas con ser mamás. Yo no. No recuerdo haber jugado nunca a la casita con bebés de mentiras y ya grande ni siquiera me atrevía a cargar a los hijos de mis amigas en sus primeros meses. ¿Cómo iba a hacer entonces para dar a luz a una niña?

Esa tarde volvieron los dolores. Yo llevaba un buen tiempo esperándolos. En el curso psicoprofiláctico tratan de aclararte cómo son, en Baby Center (la aplicación más utilizada por las embarazadas tecnológicas) hay diferentes artículos… pero lo cierto es que nadie logra describirte cómo serán esos dolores y eso hace que cualquier cosa que pase en tu cuerpo te genere dudas… la incertidumbre es pan de cada día, hasta que llegan las contracciones de verdad. Son tan dolorosas, tan claras y contundentes, que uno sabe que esas si son.

Fuimos a la clínica, conectaron unos electrodos a mi barriga distendida y confirmaron que pronto nacería María Belén. La naturaleza me mostraba, por medio de mis cinco sentidos, su inmensa sabiduría: “El día que vaya a nacer tu bebé no pienses en el dolor, piensa que es una fiesta en la que vas a conocer al gran amor de tu vida”, me había dicho varias veces Ana María, mi profesora. Entonces, entre los dolores de cada contracción, trataba de bailar con compases de inhala, exhala y movimientos de cadera a son de Hanky Panky… pero la barriga se apretaba, se retorcía, se estiraba, se comprimía y ¡las fuerzas solo me daban para pensar en el hp dolor!

Pensaba que estaba honrando mi opción de tener un parto natural. Así lo había deseado y ahora no podía quejarme. Alguna vez leí que los hijos que nacen de manera natural son mucho más unidos a la mamá que los que nacen por cesárea, así que trataba de hacer control mental con mi mantra: “Vale la pena, vale la pena, vale la pena”; las primeras cinco horas funcionó, luego se convirtió en “¿Vale la pena?”. Las horas pasaban, el dolor aumentaba y las contracciones, lejos de ser algo romántico, eran el peor espasmo de mi vida, superaba la vez que en la adolescencia me desmayé por un cólico menstrual. La presión se me subió al techo por el dolor, entonces dijeron que todavía no me podían poner la anestesia, pero que me pondrían un calmante… y así fue. La situación se volvió como de comedia, porque el tranquilizante me tenía absolutamente relajada, pero el dolor seguía igual, solo que yo reaccionaba a este con risas.

Después de 16 horas de doloroso trabajo de parto, el doctor me dijo que tenía que practicarme una cesáreaporque, aunque ya había dilatado siete centímetros, la bebé no bajaba. En este punto mi mantra era: “Sáquenla, sáquenla, ¡sáquenlaaaaaaaa!”.

Aleluya, me pusieron la anestesia epidural. Esa inyección de la que hay tantos mitos y a la que uno le tiene pavor hasta que los dolores son tan fuertes que asustan más. El anestesiólogo me pidió que me pusiera en posición fetal y me que quedara muy quieta. Retuve la respiración y el sacó una aguja enorme que no quise ver, en ese punto solo me interesaba que se acallara el dolor. No sentí el pinchazo. Diez largos minutos después no sentía nada. Como si esa panza que convulsionaba y se encalambraba no fuera mía.

Me llevaron a la sala de parto, y la respiración dejó de ser tan fluida, recé, sentí el gran apoyo y amor de mis papás y de mi familia, y que en la sala de cirugía busqué la mirada cómplice de mi esposo, quien me tendió su mano y me dijo: “Fresca, todo va a estar bien”. Yo, que siempre me muestro tranquila, tenía mucho miedo. No sabía bien si de la cirugía, de ver a mi hija por primera vez y asegurarme de que se encontrara perfectamente sana o de la ansiedad que me generaba que no fluyera en mí el instinto maternal.

La cesárea no duele, pero sí se siente como te zangolotean por dentro, se oye, huele a carne quemada, te jalan, te estiran, te cortan, sangras, te limpian, te hablan, todo es revuelto y confuso. De pronto te muestran una personita que salió de tu vientre: “Tu hija. Felicitaciones”. La personita llora, pero no tan duro como en las películas. ¡Te emocionas! Quieres tocarla, no te dejan, Juan toma una foto, tiene los ojos aguados, nos damos un pico como lagrimeado… Papá e hija se pierden de mi vista. Sigue la carnicería, algo pasa conmigo, pero no entiendo qué. El médico pide más de algo, sigue oliendo a carne quemada, hay más sangre, la presión está arriba, me ponen más anestesia, me mueven, me aprietan, me cierran, me llevan a un sitio y me quedo dormida, profunda, tanto que no puedo amamantar a mi bebé.

El personaje que interpreta Billy Murray en Lost In Translation (Perdidos en Tokio) dice que el día más aterrador de tu vida es el del nacimiento de tu primer hijo. “Tu vida tal como la conoces se acaba, y nunca volverá”. Hoy, meses después, solo puedo decir que ese día conocí el amor en su estado más puro. Conservo el recuerdo obnubilado con la única certeza de que ahí estaba mi hija. No tenía ni idea de cómo cuidarla, ignoraba todo sobre ese universo de pañales, lactancia, cólicos y noches en vela y, lo más aterrador, ignoraba lo que era ser mamá. No sabía nada y a la vez tenía claro todo, esa gota de vida le dio un nuevo significado a la mía y la de Juan Abel. Ahora éramos una familia, estábamos completos.

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Esta entrada fue publicada el 9 marzo 2015 por en Cesárea, Cesárea Respetada, Historias de Parto, Padre, Parto respetado.

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